La tarde del Jueves Santo andaba con mi hijo Víctor por un parque junto a la calle Jesús de Valencia. Un parque cualquiera, de esos con pequeños balancines con forma de caballo, cocodrilo y dinosaurio, divididos en dos zonas. Me senté en un banco mientras el pequeño iba probando uno a uno los
balancines. Cuando acabó con los que estaban junto al banco, fijó su mirada en los del otro lado, a unos 20 metros. Pero de repente noté que Víctor escondía su cabeza detrás de mí y oteaba sobre mi pierna hacia allí. Tímido más que temeroso. Miré yo hacia allá cucando los ojos (hacía un solete estupendo) y descubrí el motivo de su inquietud. En un banco junto a los otros balancines había un indigente, sentado junto a un carro de la compra lleno de todo lo que tenía en la vida, ropas que hasta en la distancia se veían sucías y una litrona de cerveza a sus pies.
El mendigo observaba divertido la escena y en la lejanía sonreía a mi hijo, le hacía incluso carantoñas con las manos. Y Víctor empezó a tomárselo todo como un juego, escondiéndose detrás de mí y asomando cada cierto tiempo divertido. Al final decidió que quería ir a probar aquellos balancines. Pero prefería ir acompañado. Me tendió la mano y señaló hacia allá. No quería ir solo. Más por vergüenza que por miedo. Ya se sabe aquello de la inocente falta de temor de los niños. Yo decidí acompañarle. Debo confesar que tanto por hacer caso a su deseo como por un cierto temor hacia aquel hombre.
El mendigo no dejó de sonreír mientras nos acercábamos. “¡Le da vergüenza!”, le dije intentando disculpar a mi hijo, que no pensara que el niño lo veía como una amenaza y que no pensara que no me fiaba de él (muy en el fondo, quizás algo había también de eso). Víctor probó uno a uno los balancines, mirando de vez en cuando con timidez al hombre, acompañando sus vistazos fugaces con risas inocentes. Yo volví a intervenir: “¡Pero Víctor, si el hombre está ahí sentado, que no te hace nada!”. Y el indigente se dirigió entonces a nosotros, sin dejar de sonreír y haciendo gestos con la mano para que nos acercáramos.
“¡Mira, amigo, mira!”, dijo con marcado acento extranjero. Parecía ruso, polaco o de algún país de Europa del Este. Y entonces sacó algo en lo que yo no había caído. Una vieja y sucia caja rectangular de madera clara, que dejó con suavidad sobre el banco, como si estuviera hecha de cristal y se pudiera romper. Limpió con mimo su superficie. Y abrió con placentera parsimonia los dos cierres. Dentro había un violín. Un violín con solo dos cuerdas. Y el
hombre se puso a tocar una melodía bellísima, sobre todo teniendo en cuenta que lo hacía con solo dos cuerdas. No entiendo de música clásica, pero a mí me pareció preciosa. Tocó unos 30 segundos. Y luego le lanzó a Víctor una sonrisa sincera, inocente, feliz.
Y yo, con un solo gesto, rompí todo el encanto. Me eché la mano a la cartera y dije: “Toma, hijo, dale una moneda al hombre”. Su sonrisa se borró, su mirada se tornó triste y de su boca salieron unas palabras que me hicieron sentir fatal: “No, no, no, solo amigos, amigos…”.
Me quedé con ganas de saber más de ese hombre, de conocer cómo había sido su vida, si ese virtuosismo con el violín le venía de ser alguna vieja gloria de la música de Europa del Este caída en desgracia o devorada por la crisis. La situación me dejó descolocado y ya no le pregunté nada. Pero sobre todo, aquello me sirvió para darme cuenta de lo tristemente desconfiados e ingratos que somos los seres humanos, de las muchas etiquetas de imagen, posición y convención que nos impone la sociedad. De lo mucho que nos perdemos por no dejar el corazón más abierto, el alma más transparente y los usos y costumbres bien enterraditos. De lo poco que echamos mano de mirarnos los unos a los otros a los ojos, mirando al ser humano, pasando la vista por encima de trajes de Armani, harapos de indigente, acentos extranjeros o pieles de otro color.
Allí, en aquel parque, solo había la sonrisa de un niño, la sonrisa de un hombre, un violín de dos cuerdas y un momento mágico. Eso era todo lo que había. Nada más. Y para qué más…

Pinpón es un muñeco, de trapo y de cartón. Se lava la carita con agua y con jabón.